si yo encontrara un alma como la mía

Cuando dijiste – Pon a Bola de nieve – yo pensé en el cantante cubano. No en el gato de Los Simpsons que era a quien tú te referías. Si me hubieses dicho – Pon a Bola de nieve – un par de años antes, yo también hubiese puesto al gato de los Simpsons. Me refiero a que dos años antes de eso yo tampoco conocía al cantante cubano. Sólo que bueno, no hubiésemos tenido esa conversación porque tampoco te conocía a ti.

Cuando te pasé el collage listo dijiste: ¡No pusiste a Bola de nieve! Y yo te dije: Claro que sí, ahi está a la derecha de Van Gogh, abajo de Frida Kahlo y Eielson. – Ahí solo hay un negrito riéndose – dijiste. Y yo grité: ¡Ese es Bola de Nieve pe! Y tú dijiste: ¡Yo digo Bola de nieve el gato de lo Simpsons! Entonces yo me cagué de risa y mientras seguía riéndome agregué también al jodido gato negro de los Simpsons al collage de personajes que habían marcado nuestras vidas de alguna forma. Así que bueno, ahora, en aquel collage, que fue la portada de la edición póstuma de Marc el Loco, además de Alf, Cortázar, Dylan, Cheetara, Kramer, Vallejo, El negro alacrán, Chabuca Granda y otros muchos héroes cotidianos que aparecen mezclados como una gran familia de orates, hay dos Bolas de nieve. Cuando veo a aquellos dos negritos juntos pienso que de no habernos conocido tú y yo, ninguno de los dos, ni el gato ni el cantante, hubiesen estado allí.

Como resulta bobo explicar cómo conocí al gato de los Simpsons, te voy a contar cómo conocí a Bola de nieve, el negrito cantor.

Hace unos cuatro años María Eugenia y Nelson acaban de empezar de novios y habían alquilado un bonito cuarto en Barranco. Aquel cuarto en realidad era un viejo garage bien amoblado. Quedaba a una cuadra de la plaza, en aquella avenida que baja hacia Chorrillos y que es como un hermoso pabellón de gigantescos árboles donde la pista y las veredas, empujadas desde abajo por gruesas raíces, ceden y se ondulan silenciosas como un mar de cemento y brea. A la derecha además, suena el Oceano Pacífico.

Como recordarás, yo por aquel entonces vivía en San Borja y trabajaba en Miraflores con ellos. La ruta de Miraflores a San Borja no incluye un paseo por Barranco pero yo siempre me desviaba con mi bicicleta hasta ese distrito y dejaba algo frente a la puerta de su casa. A veces era un papel con una nota pero cuando no se me ocurria nada, dejaba cualquier cosa que encontraba en mi mochila o en la calle. Una piedra, un ladrillo, un floripondio. Cualquier vestigio para que al despertar ellos supieran que yo había pasado por allí la noche anterior.

Un sábado me invitaron a comer a su casa. Esa fue la primera vez y comprenderás ahora porque me gusta tanto ir a comer a su casa. No recuerdo qué comimos aquella vez. Me parece que fue algo muy simple. Tallarines por ejemplo. Recuerdo a Nelson junto a las ollas con su mandil de cocinero. Recuerdo también una cerámica sobre la mesa en el que una vela calentaba un pequeño potecito con un líquido con sabor a mandarina. Recuerdo a Emilio, el gato de Maria Eugenia jugando con un sorbete plástico. Recuerdo la luz del sol y la delicada forma en que entraba a aquel garage como alguien que llegase de visita, recuerdo el sonido de Barranco, el olor del mar Y recuerdo sobre todo que Maria Eugenia sacó un casete de Bola de nieve y le dio play.

Yo te voy a grabar un casete de Bola de nieve para que entiendas de lo que hablo. Por lo pronto solo puedo decirte que ese negrito cantaba y tocaba el piano como si estuviese sentado allí entre nosotros comiendo tallarines. Era una cosa que se te rajaba el alma y a la vez sentías como si alguien hubiese agitado una botella de Cocacola y te la hubiese dejado dentro del pecho.

Mi corazón oscilaba ferozmente entre la angustia y la alegría. Sentí unas ganas terribles de abrazar a alguien y de bailar. Yo sé que Nelson o Maria Eugenia hubiesen estado felices de abrazarme y bailar conmigo pero era otra cosa lo que yo necesitaba. Me refiero a que Maria Eugenia, en vista de que yo no había oído nunca a Bola de nieve, comenzó a hablarme de su vida de cantante y de una canción suya que no estaba en ese casete. La canción, ahora lo sé, es una que se llama”Alma mía” pero Maria Eugenia que tiene una memoria terrible le inventó un nombre más bonito y que en realidad es uno de los versos de la canción que dice: “si yo encontrara un alma como la mía”.

La canción hablaba de alguien que se sentía muy solo porque no encontaba un alma como la suya y soñaba con las cosas que haría cuando la encontrara y todos los secretos que le contaría.

Mientras Maria Eugenia me trataba de cantar partes de la canción y Nelson terminaba de servir los tallarines yo iba muriendo y pensando en en como necesitaba salir corriendo a buscar un jodido casete donde estuviera esa canción para poder oirla cuatrocientas veces seguidas.

Lo extraño era que había algo en la música de Bola de nieve y en estar con ellos ahí esa tarde viendo como les bastaba estar juntos con su bolsa de tallarines, su gato, su amigo y su garage, que me hacía sentir que algún día yo iba a encontrar lo mismo para mi. Así que no sé. No me fui, ni enloquecí ni morí. Simplemente cogí mi tenedor, enrollé los tallarines y terminamos de pasar una de las tardes más bonitas de la que tengo recuerdo en mi vida.

Un año después te conocí. No sé como sucedió aquello porque ahora que la rememoro, me suena como una historia imposible. Tu viste unas hormigas que yo había dibujado cuando vivía en Brasil y que había colgado en mi primer blog. Te gustaron esas hormigas y eso bastó. Una tira de hormiguitas hicieron el largo camino que separaban nuestras casas en San Borja y Pueblo Libre.

Yo fui a visitarte y lo primero que te regalé fue un olé olé chancado que saqué del bolsillo trasero de mi jean. No creo haber hecho otro regalo más terrible que ese en toda mi vida y sin embargo tú lo clavaste solemnemente con un chinche sobre tu caballete de pintar. Esa tarde del olé olé tú me enseñaste un montón de canciones que yo nunca había oído. Recuerdo que sobre una pequeña mesa encontré a tu muñeca Anita. La puse junto a ese muñeco del negrito danzante para que la rescatara del soldado de plástico que quería carbonizarla con su bazooka. Finalmente recuerdo que aparecieron tu mamá con tu hermana que habían disfrazado a tu sobrina de pacazo. Nos tomamos fotos y luego yo huí raudamente hasta mi casa porque presentí que la cosa se estaba poniendo peligrosa.

Ese fue el primer día de conocernos. Pero todos los demás que vinieron luego, siguieron siendo extraños y bellos como escenas de una película de Tim Burton. Cada día salías con una pastrulada nueva y a mi también me daban ganas de enloquecer. Primero tú pintaste un retrato mío sobre una bolsa de McDonalds. Yo te llevé a comer sushi al Olivar. Me grabaste una canción de Louis Armstrong. Yo tomé tu mano para cruzar la pista. Me regalaste la radiografía de tu diente (meses después yo te regalé una de mi pie). Repartimos poemas por Miraflores. Le diste una mordida a mi pan con garbanzo, subiste a una combi. Escuchaste mis cuentos, leí tus poemas, te toqué el pie bajo la mesa, me llamaste de formas extrañas, compré un cuadro tuyo, te subiste a mi bicicleta, te regalé algodón de azúcar, jugamos al ahorcado, fuimos al cinematógrafo, corrimos por Barranco y finalmente un día en la banca de un parque nuestra amistad se rebalsó por todos los bordes y yo te dije: ya no puedo verte sin querer cogerte las manos y besarte.

Uno diría que ahí acaba la cosa y que luego vendrían rutinarios días de sosiego y paz como sucede con todas las parejas. Sólo que no fue así. Contigo me ha sucedido algo que, ahora lo sé, era lo que aquella tarde en casa de Nelson y Maria Eugenia yo no comprendía, pero que de alguna forma presentía que me iba a pasar y me tenía eufórico y expectante como un geiser al que hubiesen sellado momentaneamente con una gran roca.

Aquel día, mientras Maria Eugenia imitaba a Bola de Nieve y cantaba “A veces me pregunto qué pasaría si yo encontrara un alma como la mía” yo pensaba en eso y soñaba supongo, con tomarle la mano a alguien y en tener una casita como la de Nelson y Maria Eugenia y cocinar tallarines y la luz solar y los amigos y los boleros. Todo eso sucedió contigo. Sólo que no fue lo único que sucedió.

Empezaron a pasarme cosas que yo siempre quise que me pasaran y que a la vez nunca presentí que pudieran pasarme. Cosas como que alguien me pintara un retrato, con oleos de verdad, sobre la bolsa de papel de un sandwich. Hacer el amor oyendo a Los Panchos. Tener un reloj de bolsillo de los que usaban los viejos a comienzos de siglo . Que alguien me dijera: eres mi escritor favorito.

Contigo se empezaron a abrir lugares, manías, nombres que yo conocía y que nunca me hubiera perdonado perder. Y eso. Eso hace que mi miedo de perderte no esté en todo el tiempo que hemos pasado juntos, ni en las fotos tuyas pegadas por toda mi pared, ni en tu cuadro sobre mi mesa de noche ni en la cajita llena de recuerdos bajo mi cama. Contigo lo que me da miedo de perder es lo que todavía no ha pasado.

¿De qué me va a servir quitar el dibujo de los conejos de mi techo, estrenar un colchón nuevo, esconder tu cuadro, botar tus fotos, olvidarme del reloj de bolsillo? Yo a eso no le tengo miedo. Ni a oir de ti en los diarios el día en que Lima despierte a tu poesía. Ni a los amigos que me preguntarán por ti, como aquella vez que fui solo a la feria del libro y me sentía como una lata sin su abrelatas.

Verás, a mi lo que me angustia es imaginar la parte de mi que va a dejar de existir cuando te vayas y que se va a ir por ahi solita sin que yo vuelva a saber de ella ni de lo que pudo llegar a ser. Yo pienso: si todo esto nos ha pasado en dos años, ¿de qué otras cosas me estaré perdiendo en toda la vida que me queda por delante? ¿qué nuevos nombres me vas a poner? ¿que nuevas formas encontraremos de hacer del invierno y los paseos en combi una forma de vivir y no de sobrevivir?

Recuerdo de nuevo aquella tarde en casa de Nelson y Maria Eugenia. Pienso en la canción. Diablos una canción tan bonita como esa y en cómo es posible que la hayas sobrepasado y no solo hayas colmado todo aquello con lo que soñábamos Bola de Nieve y yo sino que hayas convertido mi vida en un big bang de historias aptas para biografías no autorizadas.

Tu y yo no somos como la canción. Si fueras solo un alma como la mía y yo un alma como la tuya, todavía estaríamos juntos. Cabríamos los dos en la misma banca, en el mismo viernes como dos bolsas de tallarín apiladas una junto a otra.

Pero si no fuiste un alma como la mía, fuiste el alma que más vida sacó de la mía. Contigo llegaron los panchos, buster keaton, los ravioles, las encimadas, la poesía, los filetes, los tubitos de oleo, los dibujitos sobre la piel, el amazonas, octaedro, el noe delirante, las medias largas, el humor porno, mi barba, los mercaditos, la vida de negro, la bersuit, el invierno bajo las sábanas, el acostarme temprano, pueblo libre, el ataque de los muñecos sodomizadores, las caminatas, las tardes de películas, quilca, los amigos, y la afiebrante ceremonia del tenedor sobre tu espalda.

¿no te da miedo a ti también, alma mía, imaginar todas las cosas que estamos perdiendo al separarnos?

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Alma mía – Bola de Nieve
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